A arte que tem medo de ser política, por Ricardo Marinelli

Políticas de la Estética, viagra Jan Ritsema (ESP/ENG).

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Jan Ritsema (Nacido en Holanda en 1945) ha dirigidido varias compañías de teatro holandesas y belgas. Ha publicado más de 300 libros a través de la International Theatre Bookshop, approved que fundó en 1978. Profesor de P.A.R.T.S, la escuela de Danza Contemporánea de Anne Teresa De Keersmaeker, desde su fundación.

Preámbulo.
La política enmarca a la sociedad.
Y también lo  hace el arte.


Cuando las artes enmarcan hacen política. Ellas hacen lo mismo que la política hace.
Sin embargo se espera que las artes sean diferentes de las demás acciones y actividades de la sociedad. Esto podría suponer que ellas se resisten a la tendencia de enmarcar. ¿Cómo?


Haciendo lo opuesto, desenmarcando.


Cualquier actividad enmarca y es enmarcada a la vez, esta dualidad es propia del proceso de enmarcar. Así como cualquier  cercado  limita los bordes desde adentro como desde afuera. Las artes son enmarcadas (o debería decir domesticadas), por ejemplo, por el estatus que la sociedad le otorga.
Esto complica la posibilidad de que el arte sea diferente.

Enmarcar


1.    Política.
Digamos que la política es el campo  (the arena) que distribuye nuestro tiempo y espacio común. La política es la batalla para el material perceptible/sensible que está disponible. En este sentido la batalla puede ser considerada como una batalla estética. Se relaciona con lo que vemos, sentimos y escuchamos.


La política asigna que espacio o que tiempo puede ser utilizado, o debería ser utilizado para cada actividad. Este es un parque, aquí hay un hospital, allá una calle, aquí un parque de diversión, allá un teatro, una cantidad de bares en el centro, discotecas en las zonas suburbanas, un estadio de fútbol cerca del zoológico ,  el metro aquí, etc.
La política organiza nuestro sensorium común a través de distribuirlo. El área común es dividida en distintas partes.


La pregunta principal es: quien se puede involucrarse, quien tiene un papel, quien es tomado en cuenta, quien no es tomado en cuenta. Quien está incluido y quien excluido. En otras palabras quien tiene una parte más grande y quien tiene una parte   más limitada en las distintas partes.


1.    Artes
El arte enmarca a través del consenso acerca de su régimen estético. Enmarca según lo que algunos artistas o algunas instituciones consideran como feo o bonito, emocional o cerebral, excitante o aburrido, dinámico o lento, divertido o triste, nuevo o viejo, reconocible o no reconocible,  de buen o mal gusto, etc.  Enmarca a través de estos sistemas de reglas.


El gusto es el resultado de un complejo conjunto de leyes, de principios. Lo que nos gusta y lo que no nos gusta es el resultado de una cadena muy precisa de reacciones, que finalmente termina en un Weltbild (la compañía mas grande de compras por internet en Alemania .La palabra se podría traducir    como “visión mundial”), una visión mundial, que se reduce a un estado ontológico de una posición indudable. Las cosas son así, uno piensa, y las cosas tienen que ser así.  Casi como una especie de creencia. Uno confirma su Weltbild por lo que a uno le gusta. A uno le gusta algo porque encaja en la propia cadena de reacciones particular y compleja, pero estereotipizada. El gusto por la armonía y por lo armonioso encaja con una necesidad de balance, una necesidad por lo complementario no sólo en la música sino también en muchos aspectos sociales.


Las formas artísticas (música, pintura, literatura, etc.) enmarcan también por la propia distinción  entre el arte y las demás actividades y enmarcan dentro del arte a través de sus categorías distintivas ( la redefinición entre arte representativo, decorativo y conceptual).


Las artes también enmarcan a través de su naturaleza alegórica  y artificial. El arte está sujeto a la traducción, transposición,  transformación, transmutación. El placer del juego del arte, tanto para el creador cómo para el público que lo recibe, es justamente este juego de transferencia. Es una especie de malabarismo: mira, no es lo que parece ser y mira, parece ser lo que no es. Como todos los demás juegos, como el fútbol o el ajedrez, uno tiene que ser capaz de conocer y disfrutar las reglas de este juego complejo.


El arte enmarca también en el nivel de representación de principios estructurales y de construcción.   Tomemos de ejemplo al balet clásico, la representación de un cuerpo de balet en perfectos unísonos era la representación y celebración perfecta de una necesidad de una sociedad fordista la cual necesitaba una fuerza de trabajo operando al unísono y   una administración que creyera en esto.


La política no se refleja solo en la representación, sino también en la manera en que el arte es producido, en la manera en que el poder es distribuido en el proceso de hacer.
La fuerte relación de trabajo jerárquica, casi feudal, que se presenta en la producción del balet clásico en especial y en muchas grandes producciones del arte escénico, el cine y la música (o sea,  las artes no-individuales, las artes que demandan cooperación) reflejan esta maquina de poder altamente respetada, convirtiendo al arte y a los artistas en objetos de admiración.


Hoy en día, las múltiples producciones a pequeña escala, generalmente flexibles, que producen una diversidad de estilos y aplicaciones de representaciones sumamente diferenciadas y variadas del arte y los artistas, reflejan la perfecta representación de una sociedad que necesita una fuerza laboral independiente y flexible.


La relación entre el arte y la economía es tan fuerte que parece casi imposible no pensar en el arte  como un ente sometido a  la política.


Política
El arte tiene una dimensión política en el momento en que su forma propone materialmente los paradigmas de la comunidad. Libros, teatros, orquestas, coros, danza, pintura o murales son modelos de enmarcar o desenmarcar los aspectos de una comunidad.  Estas disciplinas enmarcan en la medida en que pretenden saber lo que un libro, el teatro, la orquesta, etc. son o tienen que representar. Estas disciplinas desenmarcan cuando cuestionan estas mismas funciones. Desenmarcan cuando ellas repiensan los parámetros de la forma artística en sí o cuando repiensan los paradigmas de una comunidad. A lo mejor uno podría decir que todo arte que llegó a ser famoso repensó los parámetros     que estaba supuesto   seguir y/o   lo que se suponía tenía que  representar, tanto que fuera una película, o una pieza de museo o una partitura musical.


No fue la hechura o el nivel técnico, sino el salto: el salto fuera del marco es lo que ha sido valorado. El salto abre un territorio. Nos proporciona   una nueva perspectiva  casi siempre luego de haber sido denegada y  combatida en un comienzo. Lo que en un principio se consideraba subversivo es apropiado por una comunidad a través de la validación, que usualmente viene acompañada de fuertes apoyos financieros. El salto original y revolucionario es incorporado en la economía de una sociedad que valora la unicidad de los primeros que se atrevieron a saltar. Lo desenmarcado es enmarcado nuevamente.


¿Pero cuál es el momento en que el arte deviene político?


El arte es considerado político cuando su tema (subject) es político, o sea cuando su temàtica ( subject) representa la posición de un cierto partido. Generalmente son partidos   privados de una parte sustancial del sensorium común. Partidos que no logran ser parte de. Mujeres, homosexuales, los pobres, los desamparados, las minorías excluidas, la clase trabajadora , etc.


El arte es considerado político cuando intenta politizar, cuando busca dar poder a los excluidos para reclamar su parte del pastel común, cuando intenta estimular a estas minorías  para luchar por sus derechos.


Pensándolo así, uno podría decir que el arte hace política.
Así como el arte puede enseñar o predicar.
En ambos casos no se está haciendo  arte, sino que se hace política o educación.
El arte hace política pero no es política.


Hace política porque su finalidad es la redistribución del pastel común.


Su finalidad no es repensar las maneras en que se organiza la vida y/o las maneras en que vivimos en comunidad. Sólo reconoce y redistribuye las partes que están de antemano aceptadas. No nos hace sentir o hablar del espacio común de manera diferente. No abre nuevas partes del espacio común a través de repensar la manera en que este ha sido concebido o ha sido usado. No redefine o o abre el espacio común de manera que más personas puedan tomar parte o más personas puedan compartir las partes.


El arte puede ser político si redefine (rethink-repiensa)  las maneras y condiciones en las que   produce, distribuye y presenta sus productos.


El arte es político cuando abre la participación a màs y màs partes en el sensorium comun.


El arte es político cuando hace que las personas miren, escuchen o lean de manera diferente a una parte del sensorium común.


El arte es político cuando hace que las personas participen de manera distinta en las partes del sensorium común.


El arte es político en la medida en que desenmarca o enmarca las maneras en las que percibimos el sensorium común y las maneras en qué tomamos parte en él.


Muchas gracias a Jaques Ranciere y sus libros   ‘Le partage du sensible’  y  ‘Aesthetics of Politics and Politics of Aesthetics’

(Texto publicado en el libro Swedish Dance History  y en Documenta Magazine
http://magazines.documenta12.de/frontend/list.php?filter_FLocation=Zagreb)

Politics of Aesthetics , by Jan Ritsema

Jan Ritsema (born in the Netherlands in 1945) has directed for a wide variety of Dutch, and Belgian theatre companies like Toneelgroep Amsterdam, Het Werkteater, Het Nationale Toneel, Mug met de gouden Tand, ‘tBarre Land, Maatschappij Discordia, Het Kaaitheater and Dito Dito performances ranging from the established repertory (Marlowe, Mishima, Koltes, Shakespeare, Heiner Müller, Elfriede Jelinek, Rene Pollesch), through staged stories (James Joyce, Virginia Woolf, Henry James, Rainer Maria Rilke) to performances devised in collaboration with composers, dancers and artists. With the International Theatre Bookshop, which he founded in 1978, he has published over 300 books about theatre dance and film.

Preambule.
Politics frame society.
And so do the arts.
When the arts frame they do politics. As they do the same that politics do.

The arts nonetheless are supposed to be different from other human actions
and activities. That could mean that they resist to this tendency of
framing. How?

By doing the opposite, by unframing.

Any activity frames and is framed as well, this mutuality is common to the
process of framing. Like every fence limits the borders from the inside as
well as from the outside. The arts are framed (or should I say tamed) for
instance by the status that society grants them.

This complicates the possibility of the arts to be different.
Framing.

a. Politics.
Lets say politics is the arena that distributes our common space and time.
Politics is the battle about the perceptible/sensible material available. In
that sense the battle can be considered to be an aesthetical battle. It deals
with what we see, feel and hear.

Politics allocate which space at what time can be used, or should be used
for which activity. This is a park, here a hospital, there a street, here a
playground, there a theatre, so many bars in the center, disco’s in suburbal
area’s, house blocks here, shopping streets there, a football stadium next
to the zoo and the metro here etc.etc.

Politics organize our common sensorium by distributing it. The communal
area is divided in different parts.

Main question is: who can take part, who has a part, who is counted, who
is not counted. Who is included and who is excluded. In other words:
who has a bigger part and who has a more limited part in the many parts.

b. Arts.
Art frames by the consensus about its aesthetical regime. It frames by
what artists and a certain establishment considers as ugly or beautiful,
touching or cerebral, exciting or boring, dynamic or slow, funny or sad,
new or old, recognisable or unrecognisable, confirming or not confirming,
good or bad taste, etc.etc. It frames by this system of laws. Taste is the result
of a very complex of laws, of principles. To like or dislike something
is the result of a very precise chain of reactions, which finally end up in a
Weltbild, one’s world view, which boils down into the ontological state of
an undoubtful position. Things are like this, one thinks, and things have
to be like this. Almost some kind of a belief. One confirms ones Weltbild
by what one likes. One likes something because it fits in ones particular
and complex but stereotypical chain of reactions. To like harmony and the
harmoneous fits with a need for balance, a need for the complementory
not only in music in many societal aspects as well.

Artforms (music, painting, literature, etc.) frame as well by the very distinction
between art and other activities and they frame within the art by
their distinctive categories (the redefinition between representative, decorative
and conceptual art).

The arts frame also by their allegorical and artificial nature. Art is subject
to translation, transposition, transforming, transmutation. The enjoyment
of the game of art, for as well the artmaker as for the artconsumer is this
very game of transferring. Some kind of juggling: look it is not what it
seems to be ànd look it seems to be what it is not. Like all other games,
like football or playing chess, one has to be able to know and to enjoy the
rules of this complex game.

Art frames as well on the level of representation of structural and constructural
principles. Take classical ballet, the representation of a perfect
corps de ballet in perfect unison was the perfect representation and celebration
of the need of a fordist society which needed a work force operating
in unison and which needed this workforce and a management believing
in this. Politics are not only reflected in the representation, but also
in the way the art is produced, in the way power is distributed in the process
of making. The strong hierarchical almost feudal working relations
in the production of classical ballet in special and in many big production
houses in performing, film and music arts (the non-individual arts, the arts
that demand cooperation) reflect this so highly respected power machine,
making art and artists objects of admiration.

And nowadays, the multiple small scale and often flexible productionunits
which produce the numerous styles and applications of highly differentiated
and varied representations of the arts and artists reflect the
perfect representation for a society that needs an independent, flexible
workforce.

The relation of the arts to economics is so strong that it seems almost
impossible not to think art being servile to politics.

Politics
Art has a political dimension in the way that its forms materially propose
the paradigms of the community. Books, theatre, orchestra, choirs, dance,
paintings or murals are models of framing or of unframing (aspects of) a
community. They frame insofar as they pretend to know what a book, theatre,
ochestra etc is or has to represent. They unframe when they question
these very functions. They unframe when they rethink the parameters of
the very artform or when they rethink the paradigms of the community.
May be one can say that all art that made it to become famous rethought
the parameters of what it was supposed to be, and/or what it was supposed
to represent, whether this is a film, a museum piece or a musical
score.

Not the artisinality, the handycraft, the technical level but the jump, the jump
out of the frame is what finally has been valued. The jump opens up a territory.
Gives not seldom or even literally another perspective. Mostly after
being denied and opposed in the beginning. What earlier was thought to
be subversive is appropriated by a community through validation, which is
not seldom expressed through high financial means. The originally revolutionary
jump is incorporated in the economics of a society that values the
uniqueness of the first who dared to jump. The unframing is framed again.
But where is the place where the arts become political?
Art is considered to be political when its subject is political. That means
when its subject represents the position of certain parties. Mostly parties
who are deprived from substancial parts of the common sensorium. Parties
who cannot take part. Woman, homosexuals, the poor, the homeless,
the coloured, excluded minorities, working class, etc.
Art is considered to be political when it tries to politicize, to empower the
excluded to demand their part of the common cake. To stimulate them to
fight for their rights.

In this way, art, one could say, does politics.
Just like art can do teaching or preaching.

In both cases it does not art, it does politics or teaching.
It does politics but it is not political.

It does politics because its aim is clearly the redistribution of the communal cake.
Its aim is not to rethink the ways we organize life and/or the ways we live
together. It only reorganises and redistributes the already accepted partition.
It does not make us see, feel or speak the communal space and time
differently. It does not open up parts of the communal space by rethinking
the way it has been conceived and has been used. It does not redefine
or open up the common space in a way that more can take part or more
can share parts.

Art can be political in rethinking the ways and conditions in which it produces,
distributes and presents its products.

Art is political when it opens up the participation of more parts and parties
of the common sensorium.

Art is political when it makes people look, hear or read a part of the common
sensorium differently.

Art is political when it can make people take part differently in parts of
the common sensorium.

Art is political in sofar as it deframes or unframes the way we perceive the
common sensorium and the way we take part in it.

Many thanks to Jacques Rancière and his books ‘Le partage du sensible’
and ‘Aesthetics of Politics and Politics of Aesthetics’


“A arte que tem medo de ser política” . Texto enviado pelo artista  e produtor cultural curitibano Ricardo Marinelli.

Sim, help o título desse ensaio é uma provocação. Tenho defendido, doctor desde sempre, o entendimento de que toda arte é política. Essa afirmação, bem como o debate que decorre dela, não é novidade e muito menos consenso no campo da produção artística. E diria mais: politizar (e despolitizar) a arte e estetizar a política são dimensões que farão parte de nossos assuntos mais divergentes e necessários durante muito tempo ainda.

Estimulado pelo que pude vivenciar no seminário com.posições.políticas[2], projeto associado ao Festival Panorama, no Rio de Janeiro, retomo aqui algumas reflexões de outros tempos e me arrisco em algumas novas, tudo na tentativa de esclarecer (inclusive a mim mesmo) a defesa que faço da impossibilidade de existência de uma arte que não seja política.

Muitas vezes percebo que muitos discursos que defendem a dissociação entre estes domínios manifestam certo temor de que a arte perca sua autonomia e suas especificidades ao assumir-se como política, portanto começo reivindicando e defendendo a autonomia da arte. Sim, acredito que as especificidades ontológicas da arte garantem a ela autonomia com relação a todas as outras dimensões do humano, e neste sentido muitas das discussões que aproximam a arte da política o fazem de maneira superficial e simplista, transformando a obra de arte em meio para um determinado fim, escravizando o acontecimento artístico e enquadrando-o numa normatividade pragmática e utilitarista.

Em diversas correntes filosóficas tradicionais, inclusive em muitas tidas como revolucionárias, as cobranças ético-políticas lançadas sobre a arte tem como pressuposto dois princípios que me parecem equivocados do ponto de vista ontológico: a idéia que cada obra de arte tem em si uma valência política que pode ser determinada objetivamente e a homogeneização das possibilidades do receptor. Ora, alegar que a arte a semantização é acontecimento inerente à arte seria contra suas características elementares. Por outro lado tratar os fruidores como iguais, sem considerar a quantidade de contingências contidas nessa relação, é uma atitude arrogante, para não dizer ignorante e sem sentido. [3] Não é a partir dessas perspectivas que defendo meu ponto de vista. A experiência estética, e portanto a arte enquanto fenômeno, não presta contas a nenhuma outra lógica de organização.

A tematização do debate, que enquadra determinados tipos de arte como arte política a partir das temáticas que abordam ou do contexto onde foram gerados, também não me interessa. Nos defensores desse discurso tipificador e classificador, a politicidade da arte é folclore e fetiche, qualificando obras e artistas como melhores ou piores a partir da “nobreza” ou “futilidade” de determinados assuntos. Aqui ocorre, mais uma vez, uma apropriação discursiva, onde se sobrepõe à arte uma condição de existência que dela não faz parte.

O que me faz acreditar que podemos dizer que toda arte é política é entender que ainda que subtraída a racionalidade, a experiência estética tem em si o poder da desterritorialização. Aqui me remeto mais diretamente ao pensamento de Deluze e Guatarri, filósofos que em meu ponto de vista oferecem abordagens que localizam a discussão em outros parâmetros. Para eles a arte é movimento, é ato de desviar, e por si só esse movimento já é político. “O desejo não ‘quer’ a revolução, ele é revolucionário por si mesmo, e como que involuntariamente, só por querer aquilo que quer” [4].

Por outro lado e junto com isso, a arte propicia acontecimentos de ordem política, sempre posteriores aos acontecimentos artísticos em sí. Ainda que possamos garantir que a autonomia é uma de suas características ontológicas, a arte sempre produz alguma construção de sentido – externa a ela, vale afirmar mais uma vez – que tem reverberações éticas, e que portanto pode ser considerada como uma construção política. A arte não precisa ser semantizada para ser arte, mas este processo sempre acontece. Em outras palavras, de toda estética decorre uma ética.

Sob essa égide, o desafio não seria decidir se a arte é ou não política, mas refletir sobre a questão sob um ponto de vista menos normativo e levando em conta um conceito mais ampliado de política. Isso só é possível se tiramos a arte do pedestal repleto de glamour que seduz muitos discursos artísticos.

Me parece que o debate se torna muito mais fértil quando deslocamos o foco da discussão para a natureza dos discursos políticos produzidos a partir de diferentes obras de arte, pois ainda que você – como artista – não queira que sua arte seja entendida como arte política, ela terá desdobramentos que serão dessa ordem em alguma medida.

Pessoal e particularmente estou interessado em produzir obras que partem de produções de sentido racionalmente políticos e também quero com elas tocar em questões específicas do mundo político. Isso não faz da minha arte mais ou menos política do que qualquer outra, nem melhor ou pior que outra. Faz dela um ato político diferente de outro produzido em outra contingência. Entendido assim, debater arte e política entre artistas passaria muito mais por aproximar ou distanciar interesses, procedimentos e recepção, do que por quantificar a politicidade contida em cada uma dessas coisas.

Não tenhamos medo de que nossa arte seja política, ela o é. A arte não existe e não pode existir isolada, tampouco deve ser reduzida ao papel de um meio para um fim – a armadilha na qual a maior parte dos discursos inflamados que defendem uma arte política acaba caindo. O desafio parece ser tratar de maneira mais complexa e abrangente a potencia política de nossa arte, já que “não existe obra ou indivíduo revolucionário, existe apenas o acontecimento revolucionário” [5].


Referências

CHAGAS, Pedro Dolabela. Arte e política: o quadro normativo e a sua reversão. Revista KRITERION. n 112, Dez/2005.

DELEUZE, Gilles; GUATARRI, Félix. O anti-édipo – capitalismo e esquizofrenia. Lisboa: Assírio &  Alvim, [s.d.]. (edição original em francês: 1972)





[1] Ricardo Marinelli é artista e produtor cultural, transitando nessas funções entre os campos da dança contemporânea e performance. Integra, junto com outros 6 artistas, a Couve-flor minicomunidade artística mundial. Foi professor de Dança e Filosofia na UFPR (2005-2006), Universidade pela qual é Licenciado em Educação Física (2002) e Mestre em Educação (2005). Como diretor, criador e/ou intérprete fez parte de 13 criações nos últimos 10 anos, com as quais ganhou 6 prêmios nacionais e participou de diversos Festivais no Brasil, Uruguai, Alemanha, Perú, Martinica e Cuba. Atualmente desenvolve o projeto TRAVESQUEENS, em parceria com Elielson Pacheco e Erivelto Viana (Prêmio FUNARTE Klauss Vianna de fomento a Dança, edição 2009/2010). Mais sobre Ricardo em www.couve-flor.org

[2] O seminário com.posições.políticas, acontecido entre os dias 12 a 15 de novembro de 2010, no Instituto Cervantes (Rio de Janeiro), é parte da programação de um projeto que pretende trazer a tona discussões e iniciativas que interessadas em Arte e Política no contexto artístico brasileiro. Mais sobre a proposta em www.cpp.panoramafestival.com

[3] Em artigo intitulado “Arte e política: o quadro normativo e a sua reversão”, publicado na Revista de filosofia KRITERION (n 112, Dez/2005), o filosofo Pedro Dolabela Chagas debate longamente essas incoerências do tratamento dado por diversas correntes filosóficas à relação entre arte e política, bem como aponta caminhos para a superação delas.

[4] DELEUZE e GUATARRI, O anti-édipo, p. 398.

[5] Pedro CHAGAS, Arte e política: o quadro normativo e sua reversão, p. 380.

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